Buscar este blog

Mostrando entradas con la etiqueta vida. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta vida. Mostrar todas las entradas

domingo, 31 de mayo de 2015

Decir adiós es crecer.




Casi nunca estamos preparados para despedir a los seres que amamos. Siempre queda ese sentimiento de derrota al saber que nada se puede hacer cuando llega ese último momento. Es una sensación agridulce que se conjuga con miedo y desesperación. 

Cada uno de nosotros elegimos los maestros para nuestras vidas, que llegan para enseñarnos cosas y experiencias. A veces se manifiestan de manera dolorosa, pero cada partida es en definitiva un regalo en un empaque triste.  Siempre quedará un aprendizaje. 

Uno siempre quiere una última palabra, un último abrazo, una última mirada, cinco minuticos más de compañía, porque no entendemos que el tiempo es perfecto y que a veces pedir más es prolongar la agonía del apego. 

Luego de tanto tiempo no se sí las lágrimas se agoten, pero es prudente hacer manifiesto mi deseo de dejar ir, para que fluyas, para que seas quien quieres ser. 

El amor seguirá intacto, pero lo transformaré en agradecimiento permanente por todas y cada una de las veces que fui feliz, por lo que aprendí, por lo que me quedó, por quién fui cuando tuve tu compañía, por quien me convertí, por quién soy hoy.

Dejar ir es también una manifestación de amor, es aceptar el libre albedrío que ha sido el regalo que nos ha sido otorgado para construir. 



domingo, 25 de noviembre de 2012

Las palabras construyen puentes

Adorable puente se ha creado entre los dos
En ocasiones sentimos que caemos al vacío, sobretodo cuando en el texto que vamos escribiendo con nuestras experiencias personales vemos que en lugar de puntos suspensivos lo que se viene apresuradamente es el punto final. Ese que nos indica que la historia ha llegado a su fin y que ya no habrán otras versiones de ese libro, más que la opción de comenzar uno nuevo.
Y es que así, en silencio, y sin explicaciones es como he terminado la mayor parte de mis relaciones: personales, profesionales, laborales, de amistad. Así, de la forma más sencilla, pero más dolorosa: en silencio.
Creo yo que el silencio es bueno porque en el queda la facultad de ser dueño del sentimiento sin tener que acudir a los efectos secundarios que quedan cuando se expresa lo que se siente. Pero también creo que no hay dolor más hondo y más prolongado que no decir lo que se lleva por dentro.
Retomo esta reflexión, más motivada por la intensión de exponer mis razones de porqué decir lo que nos aguarda en el corazón es más saludable, puede que no sea lo más discreto, pero seguramente las palabras pueden salvar una vida, sobretodo la de uno.
Desde el momento que me tope con Hermes, el dios griego de la comunicación, en un oráculo, decidí que las palabras serían como los puentes tan fuertes o tan debiles como quiera que sean.
Las palabras pueden ser como puentes construidos para pasar rapidamente de una situación a otra, como aquellos que se construyen con palos de madera y son temporales. Pero pueden haber puentes tan fuertes y vigorosos como aquellos que soportan alto tráfico, grandes cargas, son largos y duraderos.

Cuando se ama a alguien más vale construir puentes duraderos, con una excelente comunicación. Expersar lo que sentimos para darle fortaleza a las relaciones es fundamental sobretodo cuando entre punta y punta de ese puente esta la disntacia, la cual se hace más amigable y menos lejana cuando somos capeces de expresar lo que habita en el fondo del corazón.
Cruza al amor.
Yo cruzare los dedos...

Puente Gustavo Cerati

lunes, 27 de junio de 2011

Un mate y un amor

Mientras publico esta nota, me cebo un mate lleno de amor. Amor por la persona que más he amado y la responsable de que hoy el mate este siempre presente en mi vida. Así en cada mate también hay un poquito de esa persona a quien a pesar de los años y la distancia siempre amaré.


El mate no es una bebida. Bueno, sí. Es un líquido y entra por la boca. Pero no es una bebida. En este país nadie toma mate porque tenga sed. Es más bien una costumbre, como rascarse. El mate es exactamente lo contrario que la televisión: te hace conversar si estás con alguien, y te hace pensar cuando estás solo. Cuando llega alguien a tu casa la primera frase es 'hola' y la segunda '¿unos mates?'. Esto pasa en todas las casas. En la de los ricos y en la de los pobres. Pasa entre mujeres charlatanas y chismosas, y pasa entre hombres serios o inmaduros. Pasa entre los viejos de un geriátrico y entre los adolescentes mientras estudian o se drogan. Es lo único que comparten los padres y los hijos sin discutir ni echarse en cara. Peronistas y radicales ceban mate sin preguntar. En verano y en invierno.

Es lo único en lo que nos parecemos las víctimas y los verdugos; los buenos y los malos.
Cuando tenés un hijo, le empezás a dar mate cuando te pide. Se lo das tibiecito, con mucha azúcar, y se sienten grandes. Sentís un orgullo enorme cuando un esquenuncito de tu sangre empieza a chupar mate. Se te sale el corazón del cuerpo. Después ellos, con los años, elegirán si tomarlo amargo, dulce, muy caliente, tereré, con cáscara de naranja, con yuyos, con un chorrito de limón. Cuando conocés a alguien por primera vez, te tomás unos mates. La gente pregunta, cuando no hay confianza: '¿Dulce o amargo?'. El otro responde: 'Como tomes vos'. Los teclados de Argentina tienen las letras llenas de yerba. La yerba es lo único que hay siempre, en todas las casas Siempre. Con inflación, con hambre, con militares, con democracia, con cualquiera de nuestras pestes y maldiciones eternas. Y si un día no hay yerba, un vecino tiene y te da. La yerba no se le niega a nadie. Éste es el único país del mundo en donde la decisión de dejar de ser un chico y empezar a ser un hombre ocurre un día en particular. Nada de pantalones largos, circuncisión, universidad o vivir lejos de los padres. Acá empezamos a ser grandes el día que tenemos la necesidad de tomar por primera vez unos mates, solos. No es casualidad. No es porque sí.

El día que un chico pone la pava al fuego y toma su primer mate sin que haya nadie en casa, en ese minuto, es que ha descubierto que tiene alma. O está muerto de miedo, o está muerto de amor, o algo: pero no es un día cualquiera. Ninguno de nosotros nos acordamos del día en que tomamos por primera vez un mate solo. Pero debe haber sido un día importante para cada uno. Por adentro hay revoluciones. El sencillo mate es nada más y nada menos que una demostración de valores... Es la solidaridad de bancar esos mates lavados porque la charla es buena. La charla, no el mate. Es el respeto por los tiempos para hablar y escuchar, vos hablas mientras el otro toma y es la sinceridad para decir: ¡Basta, cambia la yerba!'.

Es el compañerismo hecho momento. Es la sensibilidad al agua hirviendo. Es el cariño para preguntar, estúpidamente, '¿está caliente, no?'. Es la modestia de quien ceba el mejor mate.
Es la generosidad de dar hasta el final. Es la hospitalidad de la invitación. Es la justicia de uno por uno. Es la obligación de decir 'gracias', al menos una vez al día.
Es la actitud ética, franca y leal de encontrarse sin mayores pretensiones que compartir."